El roedor - .

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domingo, 10 de junio de 2018

El roedor

A pesar de sus escritos demasiado incisivos, siempre lo admiré por su buen corazón. En el fondo de su ser bullía la rama del poeta que una vez fue. Renunció al verso para dedicarse de lleno al periodismo, pero el fervor partidario lo mató. Esa insistencia en su creencia personal fue la que partió su valioso corazón en dos mitades.
Sin embargo, creo que El Roedor no murió el psado jueves, sino mucho antes.Lo hizo el día que su madre se transformó en algo mucho más preciado que un simple recuerdo. A partir de entonces, él comenzó a ver el mundo de un solo color, a cuestionar hasta su propia forma de entender la llegada del amanecer. En fin, había nacido otro Aristófanez Urbáez, mucho más rígido. Ya su mirada no era la de otrora.
Los últimos años de su vida los dedicó a la batalla inútil de hacer picadillo con la carne podrida. Varias veces le dije que no valía la pena tanto esfuerzo. Que le estaba dando demasiadas vueltas a la tuerca, que retomara el periodismo social, porque si alguien sabía escribir era él. Pero no me hizo caso. Hasta un día me alzó la voz en la recepción del Listín. Sin embargo, siempre lo respeté y lo consideré porque, además de ser un buen escritor, tenía una cultura envidiable.
Aristófanes Urbáez ha muerto. Y el país no cambió con sus escritos. La República Dominicana sigue adelante con sus emblemas, causas y causales. Es otra vida valiosa que se nos va a medias, pero que siempre quedará en la memoria de quienes lo quisimos tal y como era.

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