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jueves, 19 de abril de 2018

La economía del siglo XXI

Daris Javier Cuevas
Cuando los padres fundadores de la economía politica no tuvieron ningún reparo en hablar de los que ellos consideraban importante ni expresar sus opiniones sobre el propósito de la economía, esta entró  en el escenario de la ciencia para transformar la visión tradicional de interpretar los cambios de la sociedad predominante. Pero resulta que hacia finales del siglo XIX la generalidad de los enfoques se sustentaron en los criterios de la existencia de la ciencia económica  como respuesta a la problemática de la sociedad que obligaba al Estado impulsar políticas públicas, lo que para el siglo XX fue ampliado bajo lo que conocemos como politica económica.
Pero es que en el tiempo las evidencias empíricas han demostrado  que la economía es extremadamente dinámica en su concepción y actuación, por tanto, resulta un axioma irrefutable que esta se va transformando de manera sistemática, condicionada a los cambios en el entorno. Un ejemplo de lo afirmado es que en la actualidad la política económica domestica ha perdido su autonomía domestica para subordinarse a las tendencias cíclicas del entorno global.
A raíz de la crisis financiera global; 2008-2012, el mundo de la ciencia económica del siglo XXI se ha visto ponderosamente impactada y alarmada por dos preocupaciones que ha trascendido a escala planetaria con la resonancia del movimiento Occupy Wall Street, algo que estremeció los mercados financieros globales, en particular el de New York. En una dimensión mas amplia y persistente, está la responsabilidad con que se ha asumido la presión por el cambio climático cuya externalidad negativa potencia la destrucción de la economía global de manera acelerada.
Estos dos fenómenos propio del siglo XXI ha provocado que el análisis económico haya incorporado los adjetivos calificativos como crecimiento sostenido, crecimiento equilibrado, crecimiento duradero de largo plazo, crecimiento inteligente, crecimiento inclusive, crecimiento ecológico inclusive y crecimiento responsable. Cuando se observa la relevancia que se le ha dado a estos conceptos, de manera automática se plantea la interrogante ¿Que clase de crecimiento se requiere en el siglo XXI? La respuesta sigue siendo una tarea pendiente muy difícil, dado que en la actualidad la humanidad está inmersa en lo que se reconoce como crisis de la pobreza, las ascendentes desigualdades, el preocupante cambio climático, la vulnerabilidad de los mercados financieros y otros malestares en una economía global. Hoy, los economistas y líderes políticos del mundo, interpretan que la única forma de enfrentar estos flagelos es invocando la eficiencia económica, la productividad y el crecimiento económico pura y simple, como si las matemáticas económicas por si sola resuelven estos problemas.
Si se excluye por un momento el patrón de la cuantificación del crecimiento del PIB, es fundamental la preocupación acerca de que es en realidad lo que le permite a los seres humanos ser parte de la resonada prosperidad que permanentemente ocurre en el mundo con ecos mediáticos. En el siglo XXI resulta poco serio exhibir la mitigación, o erradicación, de la pobreza cuando todos los días se ven los mismos pobres, con las mismas tragedias, las mismas desesperanzas y las mismas penurias a escala planetaria, pues se trata de una derrota en que los hacedores de políticas públicas  no han logrado salir triunfadores.
La economía del siglo XXI no puede exhibir el trofeo de campeón cuando ya se reconoce que la envergadura de la desigualdad global de la renta y la responsabilidad de las emisiones de gases de efecto invernadero a escala global está brutalmente sesgada, afectando de manera directa que las personas puedan llevar una buena vida. Para tener una idea de la magnitud de esto, solo hay que reconocer que el 10% de los mayores emisores generan el 45% de las emisiones globales contaminantes, por igual, se sabe que el 13% de la población a escala planetaria está desnutrida, sin embargo, se experimenta un dualismo económico cuando en el otro extremo la riqueza del 1% de la población se exhibe como logro de prosperidad, lo que se interpreta que en el siglo XXI se vive de espalda a la realidad.
En la economía del siglo XXI, los países en desarrollo siguen siendo los principales impulsores del crecimiento mundial y representan aproximadamente el 60% del crecimiento del PIB mundial del mundo, fruto de políticas macroeconómicas responsables. Pero la irracionalidad e incoherencia en la aplicación de estas en los países en vía de desarrollo explican en una alta proporción que el crecimiento del PIB se mantenga muy por debajo del 7%.
Es por tales razones que muchos, no economistas, resaltan como alternativa viable el anacronismo de la denominada economía solidaria, sustentada en criterios caritativos, que excluye a los seres humanos de la esfera de la producción y reproducción del asistencialismo asociativo. No! en el contexto de un difícil entorno económico y financiero, se precisa de  un enfoque de políticas más equilibrada, no solo para restablecer una trayectoria de crecimiento saludable a mediano plazo, sino también para lograr un mayor progreso en cuanto a desarrollo sostenible, y este ha de subordinarse a la impresionante revolución tecnológica global, en un mundo que proyecta un 2050 con el 70% de la población mundial habitando en la zona urbana.

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