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viernes, 30 de marzo de 2018

Dos niñas bailan «la danza de la muerte» por primera vez en 500 años

El ritual del Jueves Santo en Verges (Gerona) rememora la peste que asoló Europa durante el medievo y la ligereza de la vida terrenal
Mar y Nora, dos niñas de 13 años serán recordadas por modernizar la vieja tradición de «la danza de la muerte» que hacía que solo los niños pudieran participar haciendo de esqueletos en el centenario ritual que protagoniza las procesiones de Semana Santa en Verges (Gerona). Cada Jueves Santo, en esta pequeña localidad de poco más de mil habitantes un grupo de esqueletos acompaña la procesión con bailce centenario que nació para recordar la volatilidad de la vida terrenal en los peores años de la peste negra que devastó Europa durante el medievo.

«Es un baile muy simbólico y simple. Cada esqueleto salta al ritmo de los tambores y porta un objeto. El esqueleto protagonista también da una vuelta entera sobre sí mismo en cada salto, para representar que nadie se escapa de la muerte», explica a ABC el responsable de la procesión, Antoni Casabó. En total, media docena de esqueletos, vestidos de riguroso negro y con los huesos y la calavera como único complemento, desfilan cada año por este pequeño pueblo de calles estrechas y paredes de piedra desnuda que vive con pasión una de las manifestaciones de fervor religioso más sorprendentes de Cataluña.

«Sabía que algún día una chica sería la primera, y me hace mucha ilusión ser yo», explicaba Nora a este diario, nerviosa e ilusionada el día antes de debutar y cambiar para siempre un tétrico ritual que, según algunas crónicas, se remonta al año 1666. «Es una tradición dura, el baile dura más de dos horas, empieza a medianoche y se prolonga hasta la madrugada. Quienes lo hacen sufren un gran agotamiento, por eso hace falta entrenar y tener fuerza», resalta por su parte Casabó, quien reivindica el esfuerzo que hace todo el pueblo para que esta expresión de cultura popular siga viva, animando a los más jóvenes a participar en ella. Cada uno de los esqueletos que escenifican la danza durante la procesión porta consigo un símbolo que encarna a la perfección la frase «tempus fugit, carpe diem et memento mori», que nos recuerda -justo cuando se conmemora la pasión, muerte y resurrección de Cristo- la volubilidad del tiempo y la ligereza de la vida terrenal.

Un plato con ceniza y un reloj sin manecillas en el que es «la muerte» la que marca caprichosamente la hora del fin mientras observa a los feligreses son dos de los elementos que encarnan con dureza el implacable del paso del tiempo, en una procesión que además de esqueletos, cuenta con imágenes y soldados romanos más convencionales. «Yo veo bien que estas tradiciones se renueven, los más mayores no querían que las niñas hiciéramos de esqueletos, pero al resto les ha gustado. El año que viene, me gustaría repetir, pero no soy yo quien decide eso, sino el vestido. Si me cabe, podré continuar, si no, no», explica Nora.

No en vano, quien decide quién participa y quién no en la mítica «danza de la muerte» no es el párroco del pueblo o el responsable de la procesión, sino el propio esqueleto que se enfundan los saltadores. Nora es plenamente consciente que esta tradición centenaria es caprichosa. Solo quienes caben en el austero uniforme de la muerte, podrán repetir esta procesión única que fascina a los vecinos de Verges desde hace siglos.

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